OFB, Eivind Gullberg Jensen y Guillermo Marín: obras de Grieg, Nielsen y Sibelius

 

Orquesta Filarmónica de Bogotá

 

Director: Eivind Gullberg Jensen, Noruega
Solista: Guillermo Marín, clarinete, Colombia

 

Viernes 1 de junio de 2018, Auditorio León de Greiff

Sábado 2 de junio de 2018, Teatro Colsubsidio Roberto Arias Pérez

 

 

Programa

 

Edvard Grieg (Noruega, 1843-1907)
Danzas noruegas, Op. 35 (1880) (Orq Hans Sitt)
1. Allegro marcato (D minor)
2. Allegretto tranquillo e grazioso (A major)
3. Allegro moderato alla Marcia (G major)
4. Allegro molto

 

Carl Nielsen (Dinamarca, 1865-1931)
Concierto para clarinete, Op. 57 (1928)

 

Intermedio

 

Jean Sibelius (Finlandia, 1865-1957)
Sinfonía No. 2 en re mayor, Op. 43 (1901-02)
I. Allegretto
II. Tempo andante, ma rubato
III. Vivacissimo
IV. Finale: Allegro moderato

 

 

Notas al programa

 

Los países nórdicos entre los que se hallan los territorios de Finlandia, Noruega, Suecia, Dinamarca, Islandia, Groenlandia, las islas Faroe y las islas Åland, comparte muchas características comunes entre sus lenguas. Los pueblos que conforman sus diversas agrupaciones humanas gozan de distinciones étnicas y, sin embargo, se encuentran comunidades de cada uno prácticamente en todo el territorio nórdico. Hay, incluso, proximidades lingüísticas con los inuit de Canadá y otras poblaciones relacionadas de Rusia. Los nórdicos, incluyendo a Escandinavia, son un poderoso ejemplo de diversidad, variedad e interrelación en una zona continental e insular reducida pero con una cobertura marítima vastísima y con una baja densidad poblacional.

A pesar de que las obras presentes contribuyeron más al repertorio europeo general que a la consolidación cultural de un pueblo que reclamó su derecho a gobernarse con instituciones propias, es de destacar que los compositores de hoy han sido llamados nacionalistas. Desde luego que Grieg es un compositor apreciado en Noruega y admirado por sus aportes y que tras su huella numerosos noruegos han compuesto música en Noruega, pero esto solo ocurrió luego de su trabajo en Alemania seguido del retorno a Noruega para llevar a su país las maneras alemanas de componer. Algo similar puede decirse del danés Nielsen y del finlandés Sibelius: que son queridos en sus países y reconocidos como propios pero que no hicieron nada muy distinto a emplear en sus composiciones los mismos ingredientes que estaban en uso en muchos lugares de Europa, de los más conservadores, de los menos vanguardistas, de los menos folcloristas, de los que más tributo rindieron a una manera clásica de hacer bien la música.

Unos pocos años antes de Grieg, apenas antes de que se comenzara a pensar en nacionalismos musicales, el danés Niels Gade compuso pequeños grupos de dúos para piano con sabor folclorista. Fueron piezas para dos pianos, o un piano ejecutado a cuatro manos, destinadas fundamentalmente al aprovechamiento de esos instrumentos en las casas de la burguesía que los compraba por montones, especialmente para que las mujeres de casa entretuvieran a la visita. Ese es el antecedente de las danzas noruegas de Grieg, escritas como dúo de piano para consumo doméstico en 1880 y que Hans Sitt, integrante del cuarteto Brodsky orquestó en 1888 convirtiéndolas en obras románticas para orquesta. De la bravura y angulosidad de las piezas originales para piano, obras conocidas y ejecutadas en numerosas ocasiones se pasó a su versión sinfónica, de contornos más suaves, con frases largas como si estuvieran llenas de aliento y respiración. Esta versión orquestal es mucho más reconocida y ejecutada. Grieg basó la primera de las cuatro danzas en un tema escocés que recuerda un poco su música incidental para Peer Gynt y considérese también que el origen paterno del compositor era Escocia. Las restantes tres piezas se basan en danzas campesinas escocesas conocidas como reels y que en Noruega encontraron su práctica en la región de Hallingdal.

El concierto para clarinete de Nielsen es una obra preciosa y maravillosamente compacta en un solo movimiento. Está orquestado para cuerdas completas, dos fagotes, dos cornos y redoblante. El clarinete solista es la única madera presente entre los vientos, lo que le ayuda a resaltar todas las capacidades al instrumento. La obra es la segunda y última de un proyecto del compositor de dedicar sendas piezas a los integrantes del Quinteto de vientos de Copenague. Escribió un concierto para flauta primero y luego el clarinetista le insistió hasta cuando Nielsen concluyó esta obra. Es muy demandante para el clarinete, que debe hacer repetidas veces las notas que requieren más esfuerzo para el solista. Podría pensarse que el redoblante es también un solista o, al menos, es importante su participación para marcar los cambios de ánimo en la pieza. Cambios que van y vienen entre un aprovechamiento de breves melodías compartidas con la orquesta, a unos ataques de expresión y marcada velocidad de las notas. El efecto es que esta obra tan breve y sin divisiones ni contrastes de movimientos deja la sensación de haber sacado total provecho del rango sonoro del clarinete, aprovechado al máximo la orquesta reducida y brindado una excursión por todas las emociones.

La Segunda de Sibelius está asociada a las sinfonías de Tchaikovsky por la grandeza y vastedad de su concepción lo que incluye una orquesta más que robusta y una orquestación supremamente rica. Esta obra de inicios del siglo XX antecede en mucho al poema sinfónico Finlandia, cuyo título sugiere, desde luego, que Sibelius era un nacionalista musical. Así lo consideraron las autoridades zaristas de Rusia, que vieron la obra como subversiva y la proscribieron para su interpretación. Este fue apenas uno entre los múltiples errores con los que el gobierno empujó al pueblo ruso a la revolución de 1917. Para entonces, Finlandia era un territorio ruso, un Gran ducado. Pero esta sinfonía antecede en unos quince años a esos acontecimientos. Tampoco puede señalarse a Sibelius por el favorecimiento de su música por los nazis quienes aprovechaban ideológicamente el deseo de independencia finlandés contra sus enemigos soviéticos. Sibelius vivió cincuenta y cinco años más luego de esta sinfonía y el estilo de las restantes cinco es muy distinto pues a partir de la Tercera hay una transformación marcada. Que Sibelius fuera un patriota ya había quedado establecido en el recurso al gran poema épico Kalevala de los fineses y carelios, por ejemplo, en la Suite de Lemminkäinen. Sus recursos lo ubican como continuador de la gran tradición romántica en línea con las obras de Grieg y Tchaikovsky y como el más importante sinfonista en esa vena productiva, luego de Brahms. Aunque algunos comentaristas como el director Georg Schnéevoigt afirmaron que el primer movimiento presenta la lucha entre los tranquilos campesinos fineses y sus opresores rusos, el propio Sibelius declaró que la obra no sigue un plan extra musical y que no empleó elementos musicales ni melodías de la tradición popular. Lo que ocurre aquí es que fragmenta el material del que está armado el tema musical y luego lo construye a partir de esos trozos, como en una inversión del procedimiento sinfónico admitido a partir de Haydn. Por lo demás, esta sinfonía, con todo y su individualidad, ha sido descrita en términos tan convencionales que revela su pertenencia al repertorio sinfónico fundamental y comúnmente representado en la programación de conciertos de las orquestas grandes y sólidas del mundo. Su ejecución requiere de carácter, manejo adecuado de las técnicas y la expresividad romántica y, sobre todo, ductilidad para marcar los contrastes. Si fuera tolerable cercenar la obra para extraer un solo movimiento, el segundo bastaría para que Sibelius pasara todas las pruebas.

 

Las notas realizadas por Ricardo Rozental para los programas de mano se elaboran por solicitud de la Orquesta Filarmónica de Bogotá a quien pertenecen la totalidad de los derechos patrimoniales: www.filarmonicabogota.gov.co